PrensaSebastián antes de Sichel

05/05/20210
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El periodista Rodrigo Barría recorre en «Sin privilegios», la biografía de Sebastián Sichel, la historia de vida y la improbable trayectoria del exministro de Desarrollo Social y actual candidato a la Presidencia de la República. Aquí un extracto.
Por Rodrigo Barría R. –
Cinco años. Concón. Vida de okupa.
Cuando le preguntan por los primeros recuerdos de su niñez, la mente de Sebastián Sichel Ramírez (1977), por entonces Sebastián Iglesias Ramírez, se transporta de inmediato a la localidad costera de la Quinta Región en donde la vida del niño, entre los 5 y 12 años, tuvo como refugio una casa ajena que fue tomada como propia.

No está claro, pero al parecer se trataba de una vivienda que pertenecía a unos exiliados que habían dejado el país, por lo que el grupo familiar —mamá, papá postizo y hermana tres años y medio menor— simplemente se adueñó de una propiedad que, en realidad, era una carcasa vacía en su interior. Un hogar sin luz, sin agua, sin refrigerador, sin baño, con ventanas tapadas con plásticos que parecían inhalar y exhalar con cada movimiento del viento, en donde se cocinaba al fuego de unos palos y un lugar donde entraba, salía, se quedaba, bebía, peleaba y se intoxicaba gente extraña.

En ese entrar y salir de gente, sí hubo un integrante que se sumó al grupo familiar de manera permanente y más apacible: «Kayser», un perro callejero que los acompañó por largo tiempo.

A fin de cuentas, ese espacio de tres piezas, más que casa, parecía ser una especie de refugio improvisado en algún lugar indómito en donde la familia —y quien quisiera— podía guarecerse. De hecho, cuando llegaron al inmueble, todos se acomodaron durante un tiempo en una de las piezas y luego se fueron distribuyendo a medida que iban sumando mejoras. Y el primer WC llegó gracias a uno que encontraron tirado en un vertedero cercano.

Ahí, en un contexto de vida familiar precaria, disfuncional y violenta, la existencia del pequeño tuvo un sello especialmente marcador que lo acompañaría de por vida: la ausencia de luz.

Esa penumbra permanente de sus primeros recuerdos de niñez hizo que el hombre se convirtiera después en un obsesionado por arrimarse a cualquier destello lumínico que sirviera para acompañarlo. Primero, siendo muy pequeño, robando velas a una Virgen en la zona baja de Concón; décadas después, con la manía de siempre dejar las cortinas entreabiertas para que la luz pudiera colarse como mejor quisiera.

En esos ambientes iniciales siempre sombríos de su niñez, los electrodomésticos y la televisión aparecían como aparatos de una era futurista que no concordaban con la suya. Artilugios de un tiempo de modernidad que, en su caso, se limitaban a ser observados y escuchados en casas vecinas y nunca en la propia. Como esperar una semana completa para instalarse en la casa de José —un vecino que era el cuidador de una residencia de veraneo— para mirar durante largas horas las secuencias de rutinas humorísticas del Jappening con Ja a comienzos de los 80.

La falta de luz en casa lo convirtió en un adicto a la calle. Era una cuestión práctica: salvo los pocos libros que tenía en su hogar, la entretención y la luz estaban fuera de esa casa-cueva en la que vivía en calle Vergara en Concón. Por eso había que aprovechar al máximo, desde temprano por la mañana hasta el ocaso. Por entonces su vida de chiquillo se dividía entre estar tras una pelota de fútbol o colarse en casas vecinas de veraneantes ausentes.

Un hábito que comenzó a cimentar desde pequeño fue la búsqueda permanente de libros y revistas para leer junto al suave destello de las velas hogareñas. Fue de esa manera que comenzó a establecer una relación de cariño y necesidad por la lectura. Su mamá le conseguía los libros en ferias o los cambiaba por cualquier cosa. Su gran entretención eran los Reader’s Digest que el niño se aprendía casi de memoria.
Sin embargo, había algo contra lo que las historias y relatos que salían desde los textos no podían competir: la libertad que le daba una existencia extrañamente autónoma y despreocupada para su corta edad.

El Sebastián Iglesias de antaño suele rememorarse como un niño líder que desde temprano debió forjar cierto carácter para acomodarse en esa libertad que masticaba a destajo en la urbe del litoral. Lo del liderazgo prematuro quizás lo diga por haber sido el organizador de un grupo llamado «La pelotita azul», una especie de club social y deportivo que armó con otros pequeños en Concón. La iniciativa pretendía definir una suerte de calendarización de acciones de entretención para el año y significaba buscar materiales para armar la sede y diseñar tarjetas de identificación para los integrantes. Ahí, Sebastián ejercía el rol de presidente eterno y un rígido evaluador de las pruebas que debían pasar los postulantes a la vicepresidencia del conglomerado infantil.

En la práctica, Iglesias era un viejo chico, algo mandón y aglutinador. Un infante que en vez de gastar la escasa plata que alguna vez tenía en sus bolsillos en alguna golosina o bebida encontraba más placer en la lectura de algún diario o cualquier libro que llegara a sus manos.

El menor era una mezcla de cuerpo que se desarrollaba rápido, carácter fuerte y personalidad introvertida, especialmente respecto de sus emociones. Un silencio y reticencia que mucho tenía que ver con la idea de llevar adelante una vida lo más normal posible para que así el resto lo viera como un niño más. Un intento de forzada proyección de normalidad que, sin embargo, escondía una dura batalla interna por hacer a un lado la pesadilla diaria que vivía puertas adentro.

En medio de esa familia el sello distintivo, más que la pobreza, era la disfuncionalidad. Sí, porque más que carencia de recursos o pobreza dura, lo que marcaba la vida en ese hogar era la precariedad de quienes habían decidido navegar la vida de esa manera. Mamá y papá encubierto así lo habían decidido por voluntad propia. Un estilo de vida hippie con ganas de perpetuarse por siempre, donde el trabajo formal era una rareza y en donde las pertenencias materiales asomaban como lujos innecesarios. Un mundo de carencia que se contraponía con un superávit de gritos, peleas, alcohol, drogas, gente que entraba y salía, bullicio y fiestas sin fin. Todo liderado por un papá problemático y secundado por una madre que optó por seguir el ritmo de un marido estrafalario e imprevisible.

[…]

Sichel está convencido que no fue un niño maltratado debido al esfuerzo protector de la madre. «Nos escondía y mentía con tal de mantenernos a salvo», rememora. Y aclara: «Sí, es verdad que le decía papá a Saúl, pero mi verdadero papá era mi tata».

La figura paternal de Saúl, sin embargo, se vino estrepitosamente al suelo después de dos acontecimientos. El primero fue una confrontación que tuvo con él después de una agresión contra su madre, cuando ya no aguantó más y decidió encararlo. El otro momento que ayudó a que la imagen de Saúl se fuera desvaneciendo, fue enterarse de que ese hombre, en realidad, no era su padre biológico.

La confesión de la madre fue completamente improvisada e inesperada. Fue tras una discusión casera que había tenido con Saúl, que salió con su hijo rumbo al consultorio local. Y ahí, mientras esperaban en la fila, tal como lo habían hecho decenas de veces aguardando por el trámite de entrega de alimentos, ambos incómodos y en silencio —por lo que habían debido soportar un momento antes en la casa—, la mamá miró a Sichel y le lanzó una noticia inesperada: «Tranquilo hijo, no te preocupes, que Saúl no es tu verdadero papá…».

Para Sichel esta confesión fue una suerte de venganza pacífica de la madre hacia un marido que llevaba demasiado tiempo abusando de ella. Su forma de desquitarse fue desenmascararlo. El anuncio resultó ser una forma de protegerse y una manera de sentirse más aliviados al saber que la sangre del hombre que vivía en la casa okupa no corría por las venas del pequeño. Sí, tenía su apellido Iglesias, pero no era más que una cuestión formal que podía cambiarse con un trámite —tal como lo haría años después— en el Registro Civil.

Con la confesión, que estuvo lejos de cualquier formalidad y que no dio pie a ninguna conversación más profunda, el chiquillo simplemente intentó asimilar el dato y calló. Masticó la información en silencio intentando digerir, ordenar y encajar piezas.

Con los años, esta verdad revelada por la madre simplemente fue una suerte de dato extra en su vida y quedó apartada durante años ya que las urgencias iban por otro lado: proteger como pudiera a su madre, cuidar a su hermana menor y poder ir al colegio para consolidar sus estudios con tal de salir de esa locura en que vivía.

Solo cuando cumplió 30 años Sebastián volvería a la carga en la búsqueda para descubrir quién era su verdadero padre.

Curiosamente, sí hubo algo que quedó profundamente marcado en él tras esa confesión de su madre: el odio por las filas. Siempre las recordaría como el lugar en donde esperaba largas por horas por alimentos o atención en los consultorios y el sitio en que supo que ninguna gota de sangre de Saúl corría por sus venas.

Una aversión que lo persigue hasta hoy y que lo ha llevado a ver esas hileras de personas aguardando como una expresión de desigualdad, menosprecio y maltrato. Y, por supuesto, como el lugar propicio para enterarse de malas noticias.

[…]

La residencia del abuelo materno, sin embargo, solo sirvió como refugio temporal en Santiago. Nuevamente uno de sus tantos emprendimientos comerciales había fracasado, por lo que no le quedó más remedio que vender la casa. Así las cosas, la madre y sus dos hijos debieron salir a buscar un nuevo lugar donde instalarse.

Pero había un par de complicaciones: Sebastián estaba en el Colegio Alexander Fleming, por lo que debía ser algo relativamente cerca que le permitiera seguir asistiendo al establecimiento. El otro problema, mayúsculo, era que la madre, ya desfasada de esa estirpe hippie que la había acompañado por años, pero con las mismas adicciones, ahora estaba sola y a cargo de dos niños. Sin profesión y sin trabajo formal, no le quedaba más remedio que conformarse con lo que fuera.

Los tres pasaron varios días buscando algo en el sector de Colón 9000. Pero, o no había piezas en arriendo o las pocas disponibles escapaban de su menguado presupuesto.

Estaban a punto de desistir en la búsqueda hasta que un día un tipo llamado Dagoberto Suazo, «el Dago», abrió la puerta de una casa. El hombre, un personaje sureño que se había venido a probar suerte a la capital, tenía una vulcanización y al fondo del terreno tenía una mediagua disponible para ser arrendada.

La estructura era un rústico espacio de 6 x 3 metros cuya muralla trasera, en realidad, era la pandereta con los vecinos. Dos cosas no existían en ese espacio mínimo: aislación ni baño. Así, el viento, el frío o el calor siempre encontraban un espacio para colarse. Y las necesidades debían hacerse en un baño disponible a unos metros fuera de la mediagua.

En esos dieciocho metros cuadrados la mamá dormía con Banya y en otro espacio Sebastián junto a una pequeña mesa que hacía las veces de comedor, lugar de estudio o cualquiera otra necesidad que requiriera algún soporte. También se integró una pequeña tortuga, «la tortu», animal que solía perderse.

Poco a poco fueron haciendo mejoras al inmueble. Primero tapando los espacios mal unidos entre las paredes y luego acomodaron un WC en una minúscula ampliación que habían hecho. La otra mejora fue una ducha, eufemismo para un sistema que no era más que un tubo puesto en altura y desde el cual solo salía agua fría. Por supuesto, todas estas instalaciones eran rústicas y mal terminadas y por eso desde el desagüe inferior no era raro ver salir roedores, por lo que siempre tenían a mano un palo con tal de espantar cualquier aparición no deseada.

Además de su generosa mandíbula inferior, Sichel está convencido que parte de la curvatura que muestra su gran espalda se debe a ese espacio estrecho y de baja altura que lo obligó por años a moverse agachado con tal de no golpearse con el techo.

El entorno de la familia se completaba con la abundante carne que Dago solía colgar en el patio interior del terreno para hacer charqui, lo que, por supuesto, era una generosa tentación para la masiva llegada de moscas que invadían la zona y la mediagua.

Mientras tanto, y de manera esporádica, la mamá intentaba distintos empleos: vendedora de helados, cuidadora de niños, como secretaria o mostrando viviendas para inmobiliarias. Pero todos eran trabajos fugaces y sin mayor proyección ni estabilidad.

Cada vez se confirmaba con mayor nitidez que el cambio de dirección en su vida había sido decidido muy tarde, por lo que sus esfuerzos con tal de salir adelante junto a sus hijos se complicaron más allá de lo que pensaba. Sus ganas de avanzar se toparon con un muro de realidad que resultaba casi imposible evadir para una mujer sola, treintona y que solo había terminado la enseñanza media. Así, la mujer quedó condenada a dar pasos que, en vez de hacerla avanzar, parecían dejarla empantanada en el mismo sitio.

Ficha de autor

Rodrigo Barría Reyes es periodista. Trabajó durante más de una década en el cuerpo de Reportajes de El Mercurio, realizando entrevistas. reportajes y perfiles. Ha sido editor de las revistas Caras e In de Latam, profesor en diversas escuelas de periodismo, y es también autor del libro “Raquel Correa off the record” (2011).

Publicado en La Segunda, 05/05/21.

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